El drag como arte político: más allá del entretenimiento
Ru Paul puso el drag en el mainstream, pero la historia del drag es mucho más larga y radical. Analizamos sus raíces políticas y por qué sigue siendo un acto de resistencia.
El drag ha llegado al mainstream en la última década de una forma que habría resultado inimaginable hace treinta años. Programas de televisión, anuncios de marcas, festivales de música: las drag queens y los drag kings están en todas partes. Esa visibilidad tiene un valor real, pero también corre el riesgo de ocultar algo fundamental: el drag tiene raíces profundamente políticas que no se pueden separar de su historia.
El drag como práctica tiene siglos de historia, pero su vínculo con la resistencia queer se forjó especialmente en el siglo XX. En los bares gay ilegales de los años cincuenta y sesenta, las drag queens eran a menudo quienes enfrentaban primero a la policía en las redadas. En Stonewall, en 1969, figuras como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera —mujeres trans y drag— estuvieron en primera línea de la revuelta que marcó el nacimiento del movimiento LGBT+ moderno.
El drag subvierte el género de forma radical: toma sus códigos, los exagera, los deconstruye y los devuelve al público convertidos en espectáculo. Eso no es solo entretenimiento: es un acto filosófico y político que cuestiona la idea de que el género es algo natural, fijo e innato. Cada actuación drag dice, de alguna forma, que el género es una performance que todos hacemos, no solo las drag.
La tensión entre el drag mainstream y el drag como resistencia es real y la comunidad la debate. Cuando el drag se convierte en un producto de consumo masivo, ¿pierde su filo político? Muchos artistas drag responden que no necesariamente: que incluso en el formato más comercial hay algo subversivo en ver a un hombre con vestido y tacones triunfar en televisión. Otros señalan que el drag más radical y político sigue siendo el que ocurre en los locales pequeños, en las actuaciones de barrio, lejos de las cámaras.
Ambas cosas pueden ser verdad. El drag más visible y el drag más radical no son enemigos: son expresiones distintas de una misma tradición. Lo importante es no perder de vista de dónde viene, por qué importa y qué defiende. El drag nunca fue solo un show.