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Drag culture en España: de Chueca al mainstream
Cultura

Drag culture en España: de Chueca al mainstream

Del underground de Chueca a los platós de TV: cómo el drag español conquistó el mainstream sin rendirse al pinkwashing.

Redacción ElChatGay.net4 min de lectura

La primera vez que Supremme de Luxe pisó el escenario de *Drag Race España*, el público de Chueca ya la conocía. No era una desconocida: llevaba años sudando purpurina en bares como *Black & White* o *Fulanita de Tal*, donde el drag no era un espectáculo de prime time, sino un ritual de resistencia. Hoy, su nombre suena en salas de toda España, pero el camino desde los sótanos de Malasaña hasta los platós de televisión no ha sido un viaje en limusina con champán, sino una carrera de obstáculos con tacones de aguja.

De los bares a la pantalla: cómo el drag se coló en el salón de casa

Hace una década, el drag en España vivía en circuitos cerrados. Los *drag shows* eran citas de nicho, reservadas para quienes sabían dónde buscar: locales como *Sala Cool* en Barcelona, *La Lupe* en Valencia o *Café Teatro San Juan* en Sevilla. Allí, artistas como La Prohibida, Pupi Poisson o Carmen Farala (antes de su paso por *Drag Race*) construían personajes con más ingenio que presupuesto, entre copas de gin-tonic y humo de máquina.

La explosión llegó con *RuPaul’s Drag Race*. En 2021, el formato aterrizó en España de la mano de Atresmedia, y de repente, lo que antes era underground se convirtió en conversación de ascensor. Programas como *Got Talent* o *El hormiguero* empezaron a invitar a drag queens como si fueran el último fenómeno viral, y marcas como *Desigual* o *Stradivarius* las ficharon para campañas. Pero el salto al mainstream no ha sido inocente: muchas artistas denuncian que la industria las quiere *palatable* —divertidas, pero no demasiado incómodas—.

Carmen Farala, ganadora de la primera temporada de *Drag Race España*, lo resumió en una entrevista: "Antes nos decían que éramos demasiado raras. Ahora nos piden que seamos *family friendly*. ¿Dónde queda el espacio para lo transgresor?". La pregunta flota en el aire cada vez que una drag queen firma un contrato con una multinacional o aparece en un anuncio de yogures.

El drag no es solo plumas: política, precariedad y purpurina

Detrás de los brillos hay una realidad menos glamurosa. La mayoría de las drag queens en España no viven de ello. Según datos del colectivo *Drag España*, el 80% compagina el arte con otros trabajos —desde camareras hasta profesoras—, y solo un puñado logra facturar más de 1.500 euros al mes. Los cachés varían: un show en un local pequeño puede pagar 50 euros; en una sala grande, hasta 300. Pero si hay que alquilar peluca, vestido y maquillaje, la ganancia se esfuma.

Además, el drag sigue siendo un territorio hostil para las mujeres cisgénero y las personas no binarias. Las *drag kings* (artistas que exageran rasgos masculinos) luchan por visibilidad, y las *bio queens* (mujeres que hacen drag femenino) son recibidas con escepticismo. "Se nos acusa de apropiación cultural, como si el drag no fuera, ante todo, una crítica a los géneros", explica Dante, drag king de Madrid.

La política también asoma entre las lentejuelas. En 2023, el Ayuntamiento de Madrid canceló un taller de drag para jóvenes en un centro cultural tras las quejas de un grupo ultracatólico. La respuesta fue inmediata: artistas como Sasha Colby (ganadora de *Drag Race España 2*) se plantaron en la puerta del consistorio con pancartas que decían "El drag salva vidas". El taller se reanudó, pero el mensaje estaba claro: el arte drag sigue siendo un campo de batalla.

¿Qué queda del drag "de barrio"?

Mientras las *drag race* dominan las redes, en los barrios periféricos de ciudades como Barcelona, Málaga o Bilbao, el drag sigue siendo un acto de rebeldía cotidiana. En *La Dragona* (Barcelona), un espacio autogestionado por artistas queer, las funciones son a la gorra y las entradas, lo que cada quien pueda pagar. Allí no hay cámaras ni juicios, solo el sudor de quien se sube al escenario por el placer de romper moldes.

En Madrid, el *Black & White* sigue en pie, aunque ahora comparte cartel con salas como *Teatro Kapital*, donde el drag se ha convertido en un reclamo para turistas. "Antes venían quienes querían ver algo diferente. Ahora vienen quienes quieren hacerse un selfi con una drag queen", dice La Plexy, residente del local desde 2015.

Pero el espíritu no se ha perdido del todo. En ciudades como Sevilla, colectivos como *Drag King Sevilla* organizan talleres para enseñar a construir personajes desde cero, y en Valencia, el festival *Valencia Drag* mezcla performances con debates sobre diversidad. "El drag no es solo un espectáculo, es una herramienta para entender el mundo", apunta Mista Boo, artista no binaria de Granada.

El futuro del drag en España es incierto. Por un lado, la visibilidad nunca ha sido mayor; por otro, el riesgo de que se convierta en un producto más del *capitalismo rosa* acecha. Lo que sí está claro es que, mientras haya alguien dispuesto a subirse a un escenario con tacones y actitud, el drag seguirá siendo un grito de libertad. Y quizá, en el fondo, eso sea lo único que importa.

¿Tú cómo lo ves? ¿Crees que el drag ha perdido su esencia al volverse mainstream, o es una evolución natural? Cuéntanoslo en el chat de ElChatGay.net.

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